
El aire impregnado por la fragancia herbácea de la poda, huele a la promesa del vino nuevo.
El crepitar de los sarmientos, al pisarlos en el suelo volcánico, depositados después de la poda , nos evocan el fuego de la viña, la esencia del viticultor canario, que tiene el corazón como la elegancia de malvasía y el alma como la textura de la moscatel.
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